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Viernes, 21 de noviembre de 2014
LA FIERA LITERARIA
fieralit@gmail.com

Revista de crítica cultural mordaz, inimisericorde, malpensante, anónima, exquisitamente académica, clandestina, satírica, burlesca, única... Para algunos el mayor fenómeno cultural surgido en España en los últimos años. La Fiera Literaria.


 

 

LIBROS 

 

 

EL CORSARIO DE LA AURORA. CRÍTICA ACOMPASADA A CORSARIOS DE LEVANTE DE ARTURO PÉREZ REVERTE

 

 

 

*Les ofrecemos a continuación una muestra de la célebre Crítica Acompasada que práctica La Fiera Literaria. Consiste en la lectura atenta de una novela durante la cual se van tomando notas que ponen al descubierto "las faltas gramaticales, los errores de léxico, los atentados contra la lógica, la estética y el estilo y, hablando sin disimulo y casi podría decirse que sobre todo, las vaciedades y las auténticas tonterías que, como se verá, abundan en los libros que se analizan". 

 

Por Manuel García Viñó

 

Se trata, claramente, de un caso clínico. Una persona que lo pasó muy bien en su adolescencia, leyendo libros de aventuras de piratas y exploradores, ha decidido convertirse, mediante una imitación meticulosa, mas no conseguida, en uno de aquellos autores quiosqueros. A mí, esto, no me parece grave. Lo que sí me lo parece es que una crítica literaria incompetente, sumisa ante el poder económico, que sólo rema a favor de la corriente comercial, lo eleve a la categoría de gran escritor, cuando ni siquiera es un escritor malo; o que unos académicos indignos, que dejaron fuera de su institución al gran fonólogo que era Antonio Quilis (¡en beneficio del contable de Prisa, Juan Luís Cebrián!), y a José Luís Castillo Puche, uno de los más importantes novelistas españoles del siglo XX, lo acojan en su seno… ¿Para qué? El propio acusado lo dijo cuando fue elegido: “Yo llevo a la Academia a mis lectores” (por ejemplo: EFE, La Opinión, Murcia, 24-1-2003): una chorrada memorable, porque, ¿qué iban a hacer allí los lectores de Pérez? Que “hicieran juego” con Cebrián, Muñoz Molina, Ansón, Fernán Gómez, Álvaro Pombo, Mateo Díez y, no digamos ya, Marías y él mismo, no es razón suficiente. Aparte de que no habría sitio para todos. 

 

El Código da Pérez

 

Estamos en el siglo XXI. En el XX, la novela alcanzó una de las dos grandes cimas de su historia –la otra fue en el XIX-, tanto estética como intelectualmente, y los pastiches de Pérez Reverte no tienen lugar en el discurrir histórico del más comprensivo de los géneros. Que profesores universitarios y críticos literarios como José Belmonte, Pozuelo Yvancos, Mainer, Sanz Villanueva, Darío Villanueva, Francisco Rico, Gregorio Salvador, De la Concha, Rafael Conte, Ángel Basanta, García Posada, Ignacio Echevarría, Jordi Gracia, Ayala Dip, García Jambrina, etc. apoyen la falsificación es escandaloso y, por supuesto, sólo posible en esta monarquía cocotera que es España. Peldaños como los que representaron Ulises, A la busca el tiempo perdido, El ruido y la furia ,Hambre, El hombre sin atributos, Hacia el faro, Otra vuelta de tuerca, Los acantilados de mármol ,Las abejas de cristal,  La celosía, La conciencia de Zeno, La primera y la última humanidad,  El tambor de hojalata, Contrapunto, El empleo del tiempo, La ruta de Flandes, No soy Stiller, El viejo y el mar, Hacedor de estrellas, 1984, El cero y el infinito, Una mujer para el Apocalipsis, La muerte supitaña, El círculo vicioso, La ternura del hombre invisible, El borrador, Un nudo en la eclíptica, La revuelta, etc. no pueden –deben- ser transitados en sentido contrario. El arte tiene que cambiar siempre. En arte está todo permitido, menos hacer lo que ya se ha hecho. Que Reverte no avanza, que Reverte repite fórmulas ya gastadas lo evidencia lo que escribe, que son indisimuladas imitaciones de los entreguistas del XIX. Y los críticos, académicos y profesores mentados, y otros más, deberían saber que no se puede levantar una literatura personal sobre el pastiche.

 

En la recién pasada centuria, se llevaron a término novelas con base en la historia, de gran altura intelectual y de absoluta actualidad estética y “filosófica”: Los idus de marzo, de Thornton Wilder; La muerte de Virgilio, de Hermann Broch; Dios ha nacido en el exilio y El caballero de la resignación, de Vintila Horia; Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar;  Todos los hombres son mortales, de Simone de Beauvoir, marcan cotas elevadísimas a las que no llega ni de lejos “El código da Pérez”. Entre otras razones, porque éstas son novelas metafísicas, que intentan explicar el presente, e inclusive calibrar los valores absolutos, valiéndose de la historia, mientras que lo que hace Pérez no es más que recrear, con más o menos acierto –generalmente con menos-, una época  del pasado y situar en ella una peripecia también más o menos aburrida. En cualquier caso, y como ya he dicho, nada habría que objetar a que lo hiciera, si quienes deberían orientar al público no lo sitúen por encima de la literatura verdadera -¡lo han metido en la Academia y le han organizado congresos en universidades!-, colocando estas novelas de entretenimiento –por ende, pasadas- en otro lugar que el que les corresponde, que es el quiosco y las librerías de ferrocarriles. Para colmo, Reverte no le llega ni a los borceguíes a los maestros de la novela de aventuras como Robert Louis Stevenson, Daniel de Foe, Paul Feval, Fenimore Cooper, José Malloquí o Emilio Salgari. A pesar de la novedad que le atribuyen los lacayos de los editores, Reverte, con quien de verdad se da la mano, cuando lo alcanza, es con Fernández y González, sin conseguir su maestría fabuladora ni su riqueza de imaginación.

 

Capítulo I

 

 

 

Que Reverte no avanza, que repite fórmulas gastadas, lo evidencia esta manera de escribir: "La caza por la popa es caza larga, y voto a Cristo que ésa lo había sido en exceso: una tarde, una noche de luna y una mañana entera corriendo tras la presa por una mar incómoda, que a trechos estremecía con sus golpes el frágil costillar de la galera, estaban lejos de templarnos el humor. Con las dos velas arriba tensas como alfanjes, los remos trincados y los galeotes, la gente de mar y la de guerra…" Etc. ¡Voto a bríos!, que, más que un numerario de la Augusta Academia, parece un tercio, es decir, un cuarto de Flandes. El lector avispado, aunque adusto, se preguntará: “¿dónde me he metido? ¿Acaso en la prosa de Hervás y Panduro? No, en una más vetusta”.

 

Dícese que Pérez se documenta exhaustivamente. Peor. El novelista debe partir de una visión general, no de un cúmulo de detalles amontonados. El resultado es que, siendo para colmo quien lleva la contabilidad de la Docta Academia, suministra al lector tal número de tecnicismos, que lo lleva a estar más atento al diccionario que a la historia que se le intenta contar. Al principio del libro, en apenas dos páginas, acumula la siguiente relación: costillar, pique de agua, culo, galeota, cañón de crujía, sotavento, entena, aleta, barloventeaba, lebeche, ciaboga, grímpola, había rolado, maestral, cuarta al griego, (¿), aferra la dos, pasaboga, zafarrancho, reniegos, peseatales, porvidas, mosquetes, pedreros, mosqueando lomos, espolón, arcabuz, chuzo, soldado plático, bastión del esquife, huevos cuadrados, etc. Uno, que no ha pasado de popa y proa, sin saber cuál es la de la derecha y cuál la de la  izquierda, se siente realmente anonadado y fuera de la narración.

 

En el siguiente apartado, el documental versa sobre lo que Alapérez ha aprendido de la historia patria de la época, con una desdeñosa chanza sobre el insigne Rafael de Cózar, profesor de Literatura española en la  Universidad de Sevilla y biógrafo insuperable de Carlos Edmundo de Ory, a quien tacha de cómico.

 

Id.- El autor no sólo imita a los clásicos –no lo logra-, sino que pretende ser uno de ellos y Francisco Rico, catedrático de Literatura Medieval en la Autónoma de Barcelona, así se lo reconoce incomprensiblemente.. Así cuando escribe: “el capitán se había trabado de verbos y aceros con el conde de Guadalmedina” (un compuesto de su invención, por cierto, infumable en árabe). Sin duda son estos detalles los que orgasman a Belmonte y De la Concha.

 

Id.- Dudo de que en 1627 se hablara, al tratar de cuentas, del “debe y el haber”. Encontraremos muchos anacronismos en este penoso tratado sobre la nada.

 

Pag. 17.- Como tampoco la expresión “para enfermos mentales”. ¡Pérez! O como clásico o como lo que eres.

 

Resulta penoso el esfuerzo pérezrevertiano por sentirse, “actuar” y escribir como un coetáneo de don Francisco de Quevedo. Se trata, como presumíamos, de un caso clínico.

 

Pág. 17.- cronista de sí mismo, se dirige a los lectores, ésos que llenarán los pasillos de la Docta Casa, llamándoles “vuesas mercedes”. Personalmente, se lo agradezco. Me hace ilusión.

 

Pág. 18.- En esa época, nadie pasaba “dos intensos años” en ninguna parte. Ni hablaba de “asedio de Breda incluido”. Tampoco utilizaba, entre muchos, el verbo “descartar”. Ni decía “se imponía por tanto”… hacer cualquier cosa, como lo haría un congresista.

 

Pérez Reverte, como Javier Marías, Muñoz Molina, Maruja Torres, Almudena Grandes y otros boludos y tontitas del sistema reparten las comas por el texto con una regadera. Y no siempre tienen la suerte de que caigan en su lugar de descanso. Las comas ausentes todavía brillan más en la prosa del cartagenero.

 

Pág. 18.- La expresión “…aparte las delicias que a los españoles ofrecía la ciudad del Vesubio” es tan anacrónica como las ideas literarias de Pérez. En 1627 aún no se habían inventado las delicias ni el Vesubio. 

 

Pág. 19.- “estaba sin blanca”. Según el viudo de doña María Moliner, esta expresión no fue utilizada hasta 1855. Por el Duque de Rivas en su poema al Faro de Malta. Pérez Reverte gusta de exhibir su erudición histórica y geográfica. Se llega a poner pesado.

 

Id.- Como uno no sabe lo que son “galeras despalmadas” se queda sin saber en qué clase de vehículo se montó el protagonista. Es memorable: Reverte inventa el Prosegur acuático.

 

Pág. 20.- Empiezo a sospechar que Pérez es más patriota que Pio Moa. Dice en esta página que “para crear el infierno así en el mar como en la tierra, en aquel tiempo no era menester más que un español y el filo de una espada”. Memorable chorrada donde las hubiese y se detectaren.

 

Pág. 21.- Ignoro si es correcto o no eso de “haber ido encima de romanía”, porque no sé de qué va.

 

Id.- Los gritos de “¡Pasaboga, embiste, embiste!” parecen de los hinchas del Palmeiras, pero no puedo asegurarlo.

 

Id.- Excesivos tecnicismos, otra vez. ¿Qué podría uno pensar que pasaba, si le hablan de “rebencazos del cómitre y pitadas del chifle”? Todos los compañeros de viaje de Pérez son expertos. Así da gusto.

 

Siguen los términos raros. No logro imaginar a Pérez con rodela, coselete, chuzo y una afilada partesana. No sé lo que son.

 

Las ilustraciones que “adornan” la edición que manejo son para echarles de comer en el plato de al lado.

 

Pag. 23.- Y ahora se larga tajando, que no sé si es lo mismo que hoy decimos irse de naja.

 

Id.- “Por si las moscas” no es expresión contemporánea de la Batalla de Lepanto. Entonces se decía “por si las pulgas”. ¿Se exasperaba entonces un soldado? Creo que no. 

 

Id.- Tampoco existía entonces la cacería del pato. (O pastiche o pistacho, don Arturo). Los personajes tan admirados por Reverte son tan cafres como racistas. 

 

Pág. 24.- Alatriste decide: “Hagamos galima”. Y uno no sabe si es que va a hacer una sopa de puerros o si  va a dormir la siesta.

 

Id.- La reencarnación de Pérez se queda, como botín, “con una aljuba”. ¿Gran botín? ¿Pequeño? ¿Qué es una aljuba? No se encuentra ni en el diccionario de De La Concha.                                                                                                                                                              

Este sube y baja de pringados hablando en esperanto, ¿cómo puede entusiasmar a profesores universitarios contemporáneos de Faulkner, Virginia Woolf, Huxley, Hesse, Camus, Pavese, Dos Passos, Pérez de Ayala, Unamuno, Valle Inclán, etc., etc., etc?

 

Pág. 25.- “Hay que ahorcar al arráez”, viene a decir el capitán. ¿Quién será? Creo poder afirmar ya, a estas alturas, que, pese a cuanto sostienen los fans de Pérez, éste no crea personajes en el sentido estético del término. Ninguno de estos “nombres” representa nada, ni sostiene una actitud ante la vida, ni personifica nada, ni es distinto a los demás.

 

Id. -Llamar al acto de ahorcar a uno proporcionarle “una indigestión de esparto” es gracieta revertiana cuasi literalmente copiada de la “indigestión de plomo” de los western, pero no expresión propia de la época en que discurre la “acción” de la novelita.

 

Pág. 26.- Ahora “hornacheros”. Dejaré de señalar todos los palabros, por consideración a mis lectores, que no son tantos como los de Pérez, pero sí de mejor gusto.

 

Págs. 28 y 29.- Ninguna de las grandes novelas históricas que antes hemos mencionado –las de Broch, Yourcenar, Horia, Wilder, etc.- intenta hacer de su lenguaje un sucedáneo, ni en la forma ni en el léxico. Pérez Reuerte se empeña no sólo en acumular términos de la época, sino en escribir como si fuese sobrino de Quevedo. El resultado es el aburrimiento del lector hodierno.

 

Pág. 29.- “Urdemalas torció el gesto”. Enésima frase hecha, estilo novela de quiosco. El aburrimiento se acumula a fuerza de querer ser preciso el autor del memorandum.

 

Pág. 30.- Para que Reverte pueda usarlos todos, lo marineros expelen juramentos de dos en dos: no sólo, como informa el cronista, un “juro por mí”, sino también un “pese a tal”.

 

Id.- “Bajarle los zaragüelles a dos muchachos para ver si salían hombres ahorcables o carne de remo, no era su ocupación favorita”. Todo lo subrayado es anacrónico, a pesar de los desvelos de Pérez. Líneas más abajo, “reticencias” y otras cuantas más.

 

Pág.31.- “hacía rancho aparte”, “pagando la loza rota”… éste, en lo de abusar de las frases hechas y los conceptos manidos no le va a la zaga a Antonio Gala, que es el vigente campeón.

 

Pág.32.- Alatriste se pasa la vida atusándose el mostacho. Será esto lo que entusiasma al profesor Belmonte. Sobre todo, si después encoge los hombros y adelanta el mentón. 

 

Pág. 33.- “Cada cual es un mundo”. No, Reverte, no. Hay otros mundos pero están en éste.

 

Id.- Piensa Alatriste: “No había nada que objetar al tono ni al contenido”. No, por favor. Es que sólo te falta añadir: “a nivel de barco”

 

Pag. 34.- Nueva vez muestra Reverte su complacencia por el carácter bravucón del español medio y su circunstancia.

 

Pág. 35, ant. y sig.- Soporífero repaso a la Historia de España, pretexto de una conversación inverosímil entre Alatriste y el capitán.

 

Pág. 35.- Tampoco es de la época el concepto de “guerra civil”.

 

Pág. 37.- “O estuve cargándolos el año diez”. Así no se expresa un Alatriste que se precie. Tampoco dice “A fin de cuentas”. Ni “en lo formal, nadie faltaba allí el (sic) respeto”.

 

Pág. 38.- “… entre pecho y espalda, sin tiempo a decir Jesús”. A pares.

 

 

Capítulo II

 

 

 

 

Pág. 39.- Cuesta trabajo pensar que el profesor Darío Villanueva, con todo y ser un calumniador del nouveau roman, el movimiento que, en toda la historia de la literatura, más ha hecho por la renovación estética de la novela, se pueda divertir, como asegura, entusiasmado con esta reiterativa cantinela de la embarcación corsaria y su sombra.

 

Pág. 40.- Las abundantes citas en versos de la época que hace el autor dan fe de la exhaustiva documentación a que se atiene, pero no contribuyen  a hacer fluida la narración.

 

Id.- “ni credo ni putas que los parió” es expresión del malhablado hodierno, no del de Berbería y países colindantes.

 

Id.- “echados al mar sin más ceremonia”. Ibid., ibid.

 

Pág. 41.- “fresco como una lechuga”. Ibid. La lechuga es adquisición posterior, y no precisamente de la sociedad berberisca, más amiga de la escarola.

 

Id.- “sin más ceremonia” debe de ser expresión cara a Pérez, pues la repite nueve líneas después.

 

Pág. 42.- Ahora sopla “un gregal” y los soldados comen “salume”, sentados “en el banco de la cogulla siniestra o apoyados en un filarete”, con coleto o sin coleto. En una recreación de este tipo, que literariamente no se justifica, lo que procede es hacer creer al lector que le hablan de “aquella época”, no atormentarlo con montones de términos que no entiende.

 

Pág. 43.- “alarbes hostiles” y, etc., etc.

 

Id.- Luego de escribir lo anterior, el autor hace la siguiente precisión: “Alarbes o alábares”, lo preciso a fin de ilustrar al desocupado lector… “ Aparte de que, en aquella época, no había lectores desocupados, todos tenían empleo, este tipo de precisiones hacen que esto parezca, más que el relato de un soldado, el de un licenciado en Geografía e Historia.

 

Personalmente, no creo justificado, en el momento presente, este tipo de relato (que no novela). Pero, ya que existe, y que a un gran sector de los españoles –entre los que en manera alguna me cuento- les gusta, como les gusta tirar cabras vivas desde los campanarios, désele su lugar en los quioscos. Pero que profesores de Literatura y críticos como José Belmonte, Pozuelo Yvancos, Francisco Rico, Ángel Basanta, Ayala Dip, Ignacio Echevarría, Rafael Conte, García Posada, Víctor García de la Concha, Gregorio Salvador, Jordi Gracia, Santos Sanz Villanueva, Darío Villanueva- consideren su práctica una renovación de la novela, organicen congresos en torno al obsoleto autor y hagan a éste académico de la RAE, es como para renegar de este país y largarse a otro más civilizado.

 

Pág. 43-44.- El relato sigue teniendo más de erudición que de evocación de aventuras. Dicho en menos palabras: es aburrido.

 

Pág. 44.- “cuando convenía, que era casi siempre”… Expresión que no se empleaba en el siglo XIX y que aparece documentada por primera vez en los discursos de Franco de 1941.

 

Pág. 45.- “Enrocarnos”. (¿)

 

Id.- “…abría a ratos el escandelar”.

 

Pág. 46.- “lo de Nápoles, las galeras y demás”. Este lenguaje de jefe de negociado aún no se había inventado. Tanto empeño en la imitación del lenguaje de los corsarios y el académico falla cada tres palabras.

 

Id.- Reverte sigue llamando a los lectores vuesas mercedes. Ahora se llama a sí mismo “el dómine Pérez”.

 

Pág. 47.- Nadie hablaba en aquel entonces de “frases hechas”. Aún no habían nacido Gala ni Almudena Grandes.

 

Quienes defienden esta “literatura” porque –dicen- produce entretenimiento son de otra casta que yo, que me estoy aburriendo como un conejo.

 

Pág. 48.- “me creía al cabo de la calle”. Frase hecha en verdad, anacrónica en el tiempo de la acción.

 

Id.- El narrador, que se pavonea y se autoalaba mucho más de lo que permite la sobriedad propia del mílite, cobra en caramuzales y carlines. 

 

Id.- “El gusto por lo nuevo” forma parte del lenguaje del periodista Reverte, no del corsario Pérez.

 

Id.- Otra prueba. Una cosa es ser un mozo con todas las virtudes que Pérez se atribuye y otras es ser, además, español, como diría el coronel Tejero.                                                   

 

Id.- Este crítico no aprueba tantas citas de poemas en una que se pretende novela de aventuras. El paquetón adquiere así la apariencia de un texto escrito para el lucimiento de la sapiencia de su constructor.

 

Pág. 50.- Y más, y más, pero mucho más… Pérez sigue contándonos lo que ha aprendido en los libros de historia. Yo pensaba que era un narrador del montón, pero ni eso es, con permiso del profesor Belmonte y sus fans.

 

Id.- “Por falta de recursos”. Este relato es un potaje de lenguaje arcaico y lenguaje administrativo, y más aburrido que un partido de waterpolo.

 

Pág. 51.- “Lugar muy animado de día”. A un novelista –Pérez no lo es- no le basta decir que un lugar es muy animado. Lo tiene que describir de manera que el lector vea que es animado.

 

Pág. 52.- El barco se larga “a la sorda” y “aprovechando el terral”. Una “novela de aventuras” que requiere la continua consulta del diccionario es más bien un acordeón.

 

Pág. 52.- “Orán era otra cosa”. Ahora lenguaje de casino de pueblo, para otro documental y otra lección de geografía.

 

Pág. 53.-  “… allí donde nuestra galera mojó ferro… “. Algo hizo la galera, sin duda, pero el lector de aguadulce se queda sin saber qué. El aprovechamiento por parte de Pérez de su exhaustiva y aliteraria documentación empieza a tocar los faldones al lector.

 

Id.- “…aunque Orán no era Nápoles ni de lejos…”. La expresión “ni de lejos” constituye un anacronismo en este relato, redacción escolar o lo que sea. Lo que es novela, no lo es “ni de lejos”. Por supuesto, al lector no le dice el escribano cómo eran a la sazón Orán ni Nápoles.

 

Más descripciones –el mercado, las calles-, que nada tienen que ver con lo que se pretende contar y no se cuenta. Repito: llevamos cincuenta y cuatro páginas de documental, en las que el autor no deja de utilizar uno solo de los apuntes que ha hecho leyendo libros para documentarse.

 

Pág. 53.- Y, en medio del vacío novelístico, esta perla: “Por si fuera poco, la ciudad gozaba de algún lupanar razonable…”. ¿Qué es un lupanar razonable, ente académico? ¿Es que hay lupanares no conformes a razón? Probablemente quiso escribir, haciéndolo a lo Almudena Grandes, razonablemente limpio, razonablemente bien provisto, razonablemente barato… El caso es que lo que quiso ser, además de cursi, una documentada precisión, se le convierte en un chascarrillo.

 

Id.- Otra coincidencia de Pérez con el coronel Tejero: llamar a las mujeres hembras. ¡Qué horror!

 

Id.- Es sublime el alicortado, triste o alegre: su alter ego mediante, piensa en visitar un burdel (es de suponer que razonable) como primer trámite de almojarifazgo. ¿Preservativo del siglo XVI?

 

Pág. 54.- La consideración de que la vida “nos depara sorpresas cada vuelta y revuelta” es una de las más densas de este profundo libro.

 

Págs. 54-55.- Tantos lances y aventuras a que después se referirán los críticos sumisos están aquí relatados, pero no novelados. Quizá los sumisos no distingan entre relato y novela. La verdad es que, a medio centenar de páginas del principio, esto es más aburrido que una “novela” de Pérez.

 

Pág. 56.- Documental sobre Orán.

 

Págs. 57-58.- Informe sobre “moros de guerra”.

 

Entretanto, más palabras que obligan a echar mano del diccionario y más aventuras relatadas, que no noveladas. Lo esperaba todo de Pérez Reverte, menos que fuese tan pesado.

 

Resulta empalagosa la petulancia del personaje narrador, sin duda trasunto de la del autor. Es tan pedante, que se pasa la vida haciendo citas cultas, la mayoría en verso, lo que pega en un relato como quiere ser éste como un misil en un cónclave. 

 

Pág. 61.- Cada vez peor. Ahora, en vez de documental, se trata de un informe. ¿A que tú no sabes, lector paciente, que Barbarroja se llamaba Jaradín? Es una de las cosas que aprenderás leyendo este documentado libreto.

 

Pág. 62.- Informe sobre diversos asedios.

 

Por lo que había leído a los fósforos de Pérez creía que los libros de este serían, por lo menos, entretenidos.  Este es una plasta vacuna en el que no encuentro ni una sola de esas peripecias que hacen tiritar de placer a Belmonte, Basanta, Pozuelo Yvancos y otros próceres de la crítica.

 

Págs. 63, ant. y ss.- Leerse unos cuantos libros de historia y resumirlos es, por lo visto, la forma fácil que ha tenido Pérez de ganarse el cielo.

 

Pág. 64.- “Por lo demás, culminada hacía más de un siglo la reconquista cristiana con la que durante casi ochocientos años los españoles nos construimos a nosotros mismos…”. Esto, diga lo que diga Pérez, es más que patriotismo testicular y racista a lo Pío Moa: es una muestra de ignorancia y, como diría el profesor Martínez Montávez, una infamia. Como lo es el cartelito –“Aquí empieza España”-- que quienes piensan como él han puesto en Covadonga. No se conforme con autoleerse, señor Pérez. No soy un especialista en el tema, pero le invito a leer por ejemplo La España herética, de Victoria Sendón, y a consultar la bibliografía que ella le ofrece. Se enterará de algo obvio: los musulmanes que habitaban la península cuando usted cree que eran derrotados por los “reconquistadores” eran tan españoles como usted.

 

Pág. 65.- Sigue la vertiginosa acción de los alatristes: “Salimos a dar una vuelta”. Anacronismo donde los hubiere y se detectaren. In illo tempore, nadie salía a dar una vuelta. Entre otras razones, porque aún no se habían inventado las vueltas. 

 

Id.- Informe sobre edificaciones, principalmente, alcazabas y conventos.

 

Pág. 67.- Para dar paso a otro cumplido informe del documentado Pérez, Copons le hace la siguiente pregunta: “¿Qué te parece Orán?”, una pregunta que nadie en sus cabales ha hecho nunca en un diálogo literario. Aparte su anacronismo –su primera utilización está datada en 1921, en el casino de Jabugo- , es una pregunta más inútil que la pilila del papa. ¡Por Dios, por Dios! Un académico preguntado sobre “qué le parece Orán”. Creo que me va a dar algo. Ni cuando los mundiales de fútbol se plantean parejas interrogaciones.

 

Pág. 68.- Menos mal que ahora me entero de que unos aduares tienen que pagar la garrama.

 

Id.- Por como pinta Pérez la situación, el lector barrunta que se le quiere decir que de aquellos tres pelmazos que pasean su aburrimiento depende el futuro del imperio español y del celeste imperio.

 

Id. Estoy evitando al lector el disgusto de enterarle de que estos sujetos, a cada momento, niegan con la cabeza, se encogen de hombros, se rascan el mentón, fruncen el entrecejo, arrugan la nariz, adelantan la barbilla, echan ojeadas sin pestañear y, en fin, hacen todos esos movimientos propios de los españoles invencibles.

 

Pág. 68-69.- Informe sobre asaltos y botines.

 

Pág. 69.- Nueva guía turística de Orán. Apasionante.

 

Pág. 70.- Informe sobre la paga de vuacedes. Vuacedes es vuesas mercedes para los muy familiarizados como Pérez.

 

Págs. 70 y ss.- El paseo está resultando fructífero en cuanto a informaciones varias se refiere. El gran escritor aprovecha bien sus apuntes. Que el lector se aburra con tanta información que, cuatro siglos más tarde, no le sirve para nada, es lo de menos.

 

Pág. 71.- Y niega el demandado ser un patriota testicular. Consideren esta frase: “…la pólvora de las espadas y los muros de los cojones de España”. 

 

Id.- Dos de los paseantes se pasan toda una página echándose ojeadas y devolviéndolas, ora sin pestañear, ora pestañeando.

 

 

 Capítulo III

 

 

 

Pág. 73.- Según dice y repite Pérez en pocas líneas, Alatriste, atendiendo a “su instinto de soldado” y a “su  hábito de soldado”, nos obsequia con una meada que debe de tener su importancia en la economía del relato, a juzgar por el espacio que el autor le dedica.

 

Pág. 74.- Continua la exposición histórica, ahora de Flandes vía Pérez.

 

Los personajes –que no son tales desde el punto de vista de la estética narrativa, puesto que no están caracterizados- hablan, no en lo que sería una auténtica conversación, sino informando al lector por turno de lo que el autor ha aprendido en la biblioteca de su barrio, o del barrio de al lado. No hay coloquio, sino una serie de parlamentos superpuestos de una manera realmente colegial. Lo menos novelístico que imaginarse pueda.

 

Id.- Alatriste se tumba “tras ajustar bien el cinto con las armas y abrocharse las presillas del coleto”. Me emocionan estas precisiones en las que tan rico es el relato revertiano. Que no se queda aquí, por cierto. El “novelista” sabe, y nos lo dice, que, pasadas una horas, aquel arreo le dará calor. Y así va llenando páginas y páginas.

 

Id.- Reverte sabe, que para eso se ha documentado bien,  que en cuanto empezara el jaleo, aquella indumentaria le resultará muy útil.

 

Id. Recuento exhaustivo de las lesiones de Alatriste.

 

Pág. 75.- Más de una página con los cálculos de Alatriste sobre lo que puede ocurrir. De verdad que uno no acierta a descubrir qué es lo que divierte y entretiene a Alfonso Usía, Jordi Gracia, Belmonte y otros fósforos de Pérez.

 

Siguen abundando los palabros. Como el lector desconoce su significación, no se entera de lo que el autor le dice. Error novelístico grave, porque la misión de la prosa narrativa es levantar una realidad nueva, un segundo mundo, delante del lector. Por lo que esa prosa tiene que ser, por encima de todo, funcional, no el producto de un alarde de lecturas. Ay, mi añorado Salgari, mi recordado Stevenson…

 

Pág. 76.- Nutrido currículum vitae del sargento Biscarrués, que mucho interesará en la oficina del brigada, pero muy poco al lector.

 

Pág. 77.- El narrador hace las presentaciones de varios personajes –entre ellos, nuestro ya bien conocido Biscaurrés- al estilo de las que el autor practicará en los cócteles de Alfaguara. No creo que en el siglo XVII se utilizaran las mismas fórmulas. Como yo, piensa el profesor Francisco Rico, especialista en Pérez.

 

Id.-Uno de los presentados, evocando viejas andanzas –en este libro, todas son evocaciones y rellenos-, termina diciendo: “Ha llovido mucho desde entonces”. Anacronismo flagrante. Esa frase, que se atribuye a un meteorólogo de la primera promoción de la Escuela de Meteorología, no se conocía en el siglo XIX.

 

Id.- Por allí aparece un mogataz. Ignoramos con qué misión, pues no sabemos lo que es un mogataz. Su currículum, sin embargo, sí lo facilita Pérez

 

Es difícil adivinar –voy por la página 78- a dónde se dirige, novelísticamente hablando, esta ristra de informaciones sin el menor interés.

 

Pág. 78.- Informe, ahora, sobre los judíos en Orán.

 

Pág. 79.- El relator continua apretando los dientes, pasándose la lengua por los labios, encogiéndose de hombros, pág. 83, frunciendo el ceño…

 

Pág. 80.- Y ya tenemos a Alapérez haciendo coro con sus personajes: “-¡Santiago!... ¡Cierra!... ¡Cierra!... ¡España y Santiago!” Chillidos que a uno le daría vergüenza evocar, de no ser el sobrino predilecto de Blas Piñar.

 

Ochenta páginas ya y aquí no aparece el más leve conato de argumento ni de trama, como es preceptivo en la novela de aventuras. Personalmente, estaba convencido de que, aunque formalmente desfasadas (lo que equivale a decir novelísticamente inútiles), las “novelas” de Pérez Reverte eran ricas en peripecias más o menos entretenidas, de las que complacen a esos tontorrios aliterarios que, como Pozuelo Yvancos, Belmonte, García Posada, Darío Villanueva, Jordi Gracia, Sanz Villanueva, Gregorio Salvador, Francisco Rico, Rafael Conte, Ángel Basanta, Mainer, etc, abominan de la que llaman despectivamente “la novela seria”, es decir, la novela con ideas, la novela que hace pensar, la novela ilustración de la historia, la novela con valores estético-literarios. Pero ¡es que no hay ninguna, absolutamente ninguna peripecia! Sólo falsas conversaciones mediante las cuales se informa al lector decepcionado aunque prudente, de una serie de cosas que el autor ha leído ¡ni siquiera inventado!  La falta de imaginación del patriótico “novelista” es absoluta.

 

Págs. 83, ants. y ss. Quien en su españolidad exalta hasta nuestros peores defectos, es natural que se muestre a rachas un tanto racista.

 

A todo esto, la impresión que ha logrado comunicar Reverte es la de que, antes del asalto, el saqueo de las tiendas y la matanza de moros, Alatriste y su pandilla andaban por ahí, de taberna en taberna, esperando la hora de llevarlo a cabo. Llega la hora y, catapún, como el que va al cine.

 

Pág. 85:- Menos mal que, de vez en cuando, Pérez obsequia a su amplio lectorado con crisóstomas y elaboradas metáforas: “La mora tenía un golpe en la cara […] y sollozaba como animal atormentado”. De cadena perpetua.

 

Pág. Al igual que carece de imaginación, factor esencial de la composición novelística, Reverte no posee sentido del humor. Lo demuestra página a página, aunque alguna vez introduzca chistes como éste, que sin duda él no considerará tal: <<-¿Hablas español? Lo hablo –dijo el otro, en buen castellano.>>. Hay que ser espabilado para, de un simple “lo hablo”, deducir cómo habla un sujeto la lengua de Hervás y Panduro.

 

Pág. 88.- Interrogan a los prisioneros. Este libro tiene más anacronismos que Los Picapiedra, y muchísima menos gracia. Me pregunto qué es lo que encuentra interesante el coro de críticos que cantan a la luna. Contraviniendo las leyes del subgénero, en esta “novela de aventuras” no pasa nada. Demostrado que Javier Marías es una estafa; que Muñoz Molina, otra, como Almudena Grandes, Rosa Montero, Maruja Torres y todos los demás abortos del polanquismo editorial, causa estupor verificar que hasta Pérez Reverte lo es, incluso como novelista menor.

 

Id.- El discípulo de Alatriste que relata estas pamplinas se jacta, bravucón él, de haber matado a cerca de cuarenta seres humanos.

 

Id.- El sargento mayor, más bravucón que la encarnación de Reverte que relata estos paseos sin el menor interés, se muestra, como es su obligación “rojo como la grana y con las venas del cuello y la frente a punto de reventar”. En su momento, había arrugado la frente y fruncido el entrecejo. Los mayores del lugar celebran nostálgicos la aparición de estas frases tantas veces  leídas en su adolescencia en las novelas quiosqueras.

 

Pág. 90.- Reverte nos cuenta, según ha leído, cómo marcha la tropa de Alatriste, con su botín y sus más bien jodidos prisioneros.

 

Id.- Relata que se dieron rebatos y escaramuzas. Pero el lector no lo “ve”, porque, como casi todo en esta pseudonovela, no están “novelados”, sino simplemente referidos. 

 

Págs. 91-92.- Igualmente referido, pero no novelado, está el episodio del bebé que se muere. Para una que se dice novela de aventuras, todos éstos son pecados mortales.

 

Id.- La madre se ahorca, lo dice Pérez y no tenemos por qué dudar de su palabra de caballero español y cristiano. Absolutamente nada de lo que sigue está novelado.

 

Pág. 94.- Si este hombre le llama “inmensidad azul” al Mediterráneo, ¿qué le llamará al océano Atlántico?

 

Págs. 94-95.- Enésima descripción de Orán, según las guías turísticas que Reverte ha consultado.

 

Pág. 95.- Las tres prostitutas que se encuentran en el lupanar son “ambladoras y bachilleras del ambrocho”. ¿Qué serían en realidad? Me quedo lo que se dice pérez-plexo. Reverte es tan poco novelista como Marías, Muñoz Molina, Almudena Grandes, Rosa Montero, Antonio Gala y demás componentes de las recuas planetaria y alfaguarrana. Con la ayuda de ustedes, señores (no)críticos, la novela española chapotea en la inmundicia literaria. Y otra vez “the revertiners” charlando de cosas sin el menor interés, aunque respaldados por la convicción del autor de que son más machotes y más españoles que nadie. Patriotismo testicular, sí, efectivamente.

 

Pág. 97.- Naturalmente, cuando llega el momento, uno de ellos “mira de soslayo y tuerce el gesto”, mientras otro frunce el ceño, cae en la cuenta y niega con la cabeza.  No cabe duda de que nos encontramos en plena renovación de la novela, como bien dicen Belmonte y Juan Marsé. Un tribunal compuesto por Michel Butor, Alain Robbe-Grillet, Claude Simon, Marguerite Duras y Samuel Becket condenaría a galeras a Pérez, tras un juicio sumarísimo. 

 

Pág. 98.- Ahora se miran todos en silencio, como en las novelas malas de Biblioteca Oro. Ya quisiera Pérez que esto se pareciese a las buenas de esa colección.

 

Id.- El capitán sacude la cabeza. ¡Échate un pulso, Belmonte!

 

Págs. 98-99.- Casi dos páginas echando cuentas con el dinero. ¡Como si eso le importara a nadie!

 

Pág. 99.- Las niñas horteras del puente de los siglos dicen “fue bonito mientras duró”. Y un personaje de Pérez: “fue hermoso sentirse rico mientras duró”. Anacrónico y cursi

 

Capítulo IV

 

 

 

 

Pág. 101 y ss.- Más descripciones de Orán. Repito que yo pensaba que los libros de Pérez Reverte eran otra cosa: relatos más o menos entretenidos para aliviar los ocios de lectores como Darío Villanueva, Santos Sanz Villanueva, Rafael Conte, Pozuelo Yvancos, Jordi Gracia etc., que desdeñan la novela que plantea e intenta resolver problemas estéticos o se presenta como ilustración de la historia, la sociología, la antropología, la filosofía, etc.  Me pregunto en qué se basará Jacinto Antón (“Babelia”, 2 de diciembre de 2007) para decir que esto es más que una novela de aventuras (no es siquiera un novela de aventuras) y que Alatrsite es un personaje complejo, cuando no es más que un bravucón ocasional que nos informa de todo cuanto Reverte o sus documentalistas han leído. Todo apuntalado, además, sobre lo mucho que Pérez ha dicho, al parecer, sobre sí mismo. O Pozuelo Yvancos para afirmar que la triste prosa del libro que analizamos representa una aventura del lenguaje, de un lenguaje que expresa una visión de España a lo Quevedo. O Ángel Basanta, para llamar a lo de Pérez “proyecto novelístico”, “proyecto literario de la mayor envergadura”, de “inusitada maestría”, y ¡hasta se refiere “a la estructura de esta novela” sin estructura! Seguro que Reverte habrá sido el primero en sorprenderse, pues resulta evidente que nunca ha reflexionado sobre el género novelístico.  Queden estos  tres ejemplos como muestras de lo que hacen hoy los críticos, quienes parten a su misión predispuestos a exclamar “¡qué bien!” ante todo cuanto les ponga delante la industria cultural de la que viven. En Blanco y Negro Cultural del 14-6-2003, encontramos que Luís Alberto de Cuenca opina que Pérez Reverte  es el mejor novelista que hay en la actualidad es España –sabido es que don Luis Alberto sabe tanto de poesía como poco de novela--,  en tanto J.J. Armas Marcelo concluye que quien no opine igual es que tiene envidia.

 

Pág. 103.- En medio del quinto o sexto paseo por Orán, uno de ellos dice: “Visitemos a Fermín Malacalza. Se alegrará de verte”. Y el lector ya sabe que se va a encontrar con otra reunión de charlatanes, que le informarán aburridamente de otro montón de cosas. Javier Marías sigue constituyendo, a mi entender, la mayor estafa literaria del sistema de la industria cultural, pero Pérez, que al menos redacta con corrección escolar, lucha por alinearse, ex aequo con Muñoz Molina y Almudena Grandes, en el segundo puesto. 

 

Pág. 104.- Tenía el presentimiento: nos informan sobre Malacalza.

 

Pág. 105.- Informe sobre las costumbres de los mogataces.

 

Id.- Dice el narrador que uno no sobrevivió al tiro que lo mató. ¡Voto a tal, vuesa merced! Si lo mató, ¿cómo iba a sobrevivir?

 

Pág. 107.- Hablan de la mujer de Malacalza en el tono machista que tiene todo el libro.

 

Págs. 109 y ss.- La aburrida conversación se prolonga durante varias páginas. ¡Menudas aventuras! Y uno de los críticos mentados compara esto con Beau geste, para decir que es superior. 

 

Págs. 109-110.- Malacalza también sabe adelantar el mentón y esbozar una sonrisa. Y, por supuesto, entornar los ojos.

 

Pág. 110.- Dudo que, in illo tempore, los soldados tuviesen hoja de servicios, como pretende Pérez.

 

Pág. 111.- Y también ríe entre dientes. 

 

Pág. 113.- Mientras otro mira sin pestañear.

 

Id.- En cambio, es un anacronismo que el capitán diga “pues te la estás jugando”, ya que esta expresión no surgió hasta 1976 después de que en Madrid pusieran el primer bingo. Igual sucede con “miré de soslayo”, que utiliza el relator. La de veces que dice “al cabo” el narrador, ha hecho que me pierda en el conteo. En ocasiones, dos veces seguidas, en el mismo párrafo, como ocurre en la pág. 114.

 

Pág. 115.- Aquí todo el mundo mira de soslayo, como es preceptivo en las novelas quiosqueras. Y permanece pensativo o reflexiona antes de hablar. Después de encoger los hombros, por supuesto, o acariciarse la barba. Es una forma muy ingenua de narrar, esa de hacer pausa entre los interminables parlamentos por medio de movimiento de los ojos, las manos, los hombros, etc. Hasta las ilustraciones de este libro delatan que es un indisimulable pastiche de un epígono poco hábil, el producto de una nostalgia infantiloide. No tienen siquiera la gracia epocal de aquellos dibujos que adornaban los cuentos de Saturnino Calleja o Ezequiel Solana.

 

Pág. 118.- Primer párrafo con que me encuentro cuando me dispongo a pasar otra temporada en el infierno: “Dos días más tarde, cuando la Mulata dejó atrás la costa de Berbería y arrumbó a tramontana cuarta al maestre, en la derrota de Cartagena, Diego Alatriste tuvo tiempo de sobra para observar al moro Gurriato, porque este remaba en el quinto banco de la banda derecha, junto al bogavante”. Aparte de que no entiendo lo que quiere decir lo subrayado, observo que Pérez se muestra  más atento a reproducir lo que él cree el lenguaje de la época y a utilizar los tecnicismos que ha aprendido, que a configurar una realidad delante de lector, que es la obligación del novelista.

 

Id.- En un largo párrafo,  Pérez alecciona al lector acerca de lo que en las galeras es una “buena boya”, palabra (palabra no, Pérez, expresión) derivada del italiano buonavoglia, etc. No explica, por el contrario, lo que es un mogataz ni un cómitre.

 

Id.- Eso sí, maese Pérez establece originales comparanzas: “más falsa que el beso de Judas”.  Y ello después de un buen lote de frases hechas: “acogerlo con las bendiciones oportunas”, que es además anacrónica, “fue mano de santo”, etc., que, para colmo, no se usaban en la época.

 

Pág. 119.- Alborozado,  me entero de cuál es el sueldo del cómitre, aunque no de lo que es un cómitre.

 

Id.- Busque por su cuenta el lector curioso –el que no lo sea, eso se ahorrará- el parrafazo que se dedica, en esta novela de aventuras, al peinado del mogataz (¿?), sus tatuajes, sábanas… Personalmente, me alegro de saber que el buen hombre no renuncia a la gumía.

 

Págs. 119-120.- Completamente en serio: más parece esto una descripción de costumbres y hábitos –vestimentas, comidas, bebidas, sueldos, ropa de cama, etc., etc.- que relato de aventuras. Da la impresión de que Pérez no hace más que contar lo que ha aprendido al documentarse, como he dicho y volveré a decir.

 

Pág. 120.- Copons  se escandaliza: “ni se inmuta cuando hacen la zalá”. ¿Es grave esto, Pérez?

 

Id.- Más claro le resulta al lector hodierno saber lo que ocurre cuando los remos están frenillados.

 

Pág. 120-121.- Continúan las trepidantes aventuras. Unos cagan por la borda, otros en la letrinas de proa, otros zurcen sus zaragüelles, otros hacen la colada, otros se despiojan, otros, en fin, rezan a Alá. Eso sí, manteniéndose cerca del estanterol.

 

Pág. 121.- Más y más enumeraciones que, por serlo, no resultan descriptivas.

 

Id.- A continuación: los muslimes se enfadaban cuando el viento rolaba y se daba orden de calar palamenta. Reverte ignora, pese a sus loables deseos de ser novelista, que la función de la prosa novelística no es hacer exhibiciones terminológicas, sino levantar una realidad delante del lector. ¿Qué puede “ver” un lector al que le hablan de estanteroles, calar palamenta y vientos rolantes de Babilonia? El corrector ortográfico de mi ordenador, lector sencillo donde los haya, subraya en rojo todos estos palabros.

 

Id. Hay un fulano con una cruz en la cara. Serviría sin duda para cualquier cosa, menos para jugar a cara o cruz.

 

Id.- Reverte informa de lo que hicieron los godos cuando llegaron los sarracenos.

 

Id .- La interjección “ridiela”, probablemente, es de la época, pero la exclamación “no me jodas”, no. Su primera aparición  data de la época de los Moratines y fue en un misal dominicano.

 

Pág. 122.- Alatriste lleva seis páginas observando al moro Gurriato, mogataz él, que está sentado “en la postiza de su banda”. Su observación le da para una conversación más aburrida que una sesión de la Academia..

 

Quizá todo esto le ocurriese porque no había revesado el estómago. 

 

Id.- Nada nos debe extrañar, tratándose de un moro bagarino.

 

Id.- Como en las novelandrias de Marcial Lafuente Estefanía, quiosqueras donde las haya y se detectaren, Copons, entre parlamento y parlamento, emite un gruñido. Relación de las comidas galerustres y/o galerudas, los olores del barco y sus tripulantes, los camastros, la ropa, etc. El lector empieza a preguntarse que cuándo va a pasar algo. Copons, después de gruñir, se lo aclara en aparte: “Yo, hace un rato, eché el hámago.

 

Id.- La expresión “a cuerpo gentil” es contemporánea de “no me jodas”. Resulta anacrónica en este contexto.

 

Pág.  123.- Se inaugura con una relación de enfermedades y malestares  varios y otras de clases de galeotes.

 

Id.- Continúa la plasta conversacional que tiene por tema al Gurriato.

 

El que antes gruñía ahora se toca la nariz.  Para haber revolucionado la novela, como quieren el profesor Belmonte, el escritor Juan Marsé y la madre del interesado, no deja de echar mano de recursos manidos. Si los “personajes” gruñen de vez en cuando, el  crítico se siente con derecho a bostezar alguna vez.

 

Pág. 124.- Ahora Copons ya no gruñe, tuerce el gesto. ¡Si antes lo digo! Vuelve  gruñir y arruga el entrecejo. ¿Sostiene usted, profesor Belmonte, que esto es “literatura” de Academia y no de quiosco? Toda la página y casi la mitad de la siguiente está ocupada por la inacabable conversación sobre el Gurriato y la madre que lo parió.

 

Pág. 125.- Otra vez encontramos a Pérez cerca del estanterol, observando cómo el piloto utiliza la ballestilla, que él sabrá lo que es. Disertación sobre heridas y curaciones.

 

Pág. 126.- Cita, como otras tantas veces, unos versos. Ésta, de Quevedo. Algo sobremanera antinovelesco.

 

Id.- Alatriste y Copons nunca se ponen a charlar en la cubierta ni en la cafetería, sino –esta vez, por ejemplo- bajo la vela del trinquete al final de la crujía, que debe de ser un sitio identificable por los lobos de mar como Pérez, pero no por mí.

 

Id.- A Pérez le parece que se puede pensar más de lo debido. Yo, que creo que nunca se piensa lo suficiente, empiezo a explicarme algunas cosas.

 

Id.- Ahora, los versos citados son de Juan Bautista de Vivar. Se ve que Pérez ha rebuscado, en las obras de la época, todas las composiciones de exaltación de la vida y el espíritu militar. Tal vez lleve dentro, como ha dicho Francisco Rico, un sargento frustrado.

 

Capítulo V

 

 

 

 

Págs. 130-131.- Continúa nuestro minucioso autor con su bullicioso documental, merced al cual nos enteramos de nuevas y sabrosas peripecias, sin que falte una jugosa cita del Viaje del Parnaso, de Cervantes, que Pérez debe de saberse de memoria: avituallamiento, geografía del mediterráneo, puerto de Sicilia, galeras que suelen surcar por aquellos andurriales, aunque a veces nos confundan precisas alusiones a montar el cabo, levar ferro, cuarta al jaloque, dar popa, árboles trinquete, vigías en las gatas escandallo y proejando y bogando… Para al final encontrarnos con que se nos vuelve a  hablar del moro Gurriato, que parece insinuarse como el protagonista de este inmenso carajal.

 

Págs. 131-132.- Nos enteramos, y lo celebramos, de que Gurriato se ha hecho presto a la vida de gurapas y  de que come en la sabeta y bebe en el chipichape. Y, si se tercia, corea las salomas. (Tantas adivinanzas, profesor Belmonte, ¿no suena a cachondeo de uno sin gracia?). El caso es que Pérez, como narrador, es todo lo contrario de lo que sus fans pregonan. En sus “obras” hay menos aventura que en una partida de damas.

 

Pág. 132.- En fin, un verdadero portento el tal Gurriato, sobre todo en comparación con los desaprensivos que venían a cagar en los bacalares de la postiza.

 

Pág. 133-  Por fin nos enteramos de algo: Gurriato es un mogataz… Sí, pero ¿Qué es un mogataz, rediantres?

 

Pág. 134.- En la primera línea, el narrador parece haberme adivinado el pensamiento: “A lo que no lograba sobreponerme era al aburrimiento”. (Experimento la grata sensación de no estar solo en el mundo).

 

Nota al margen: de oídas de buenas bocas, sabía que Reverteris no escribía bien y que tampoco era novelista, según mis cánones, que son los del Círculo de Fuencarral de Crítica Literaria. Pero tanta insistencia laudatoria de los señores Ussía, Ansón, Rico, Salvador, De la Concha, Marías, Muñoz Molina, Rico, Belmonte, y tantos otros amantes de la novela hueca, me habían puesto en la idea de que era muy entretenido contando aventuras de piratas y/o espadachines. La verdad es que es más soso y plasta que un debate entre dos pesos pesados de la política.

 

Pág. 134.-  El que narra es lector, como Alatriste y como sin duda el propio Pérez y, después de habernos aburrido con pormenores sobre su aburrimiento, nos habla de lo que ha leído últimamente: un volumen con las Novelas ejemplares de don Miguel de Cervantes y el Retrato de la lozana andaluza, la sequedad de cuyos conceptos osa censurar.

 

Pág. 135.- Insoportable, señor Pérez. Ciento treinta y cinco páginas y aquí no pasa nada.  Vengan nombres de cabos, vengan nombre de golfos, vengan nombres de estrechos, islas, vientos, puertos, caminos y canales …, entre palabras y expresiones que es imposible que entienda quien no haya hecho el servicio militar en la marina –bogando a cuarteles, saetía, para hacer aguada  a toda ropa.

 

Págs. 135-136.- En el tránsito de una a otra, el barco toma “la vuelta de mediodía cuarta a lebeche […], dispuesto a dar un gentil Santiago  a aquellos hideputas”.

No es buena prosa la de Pérez Reverte. Mucho menos, prosa novelesca. Es una prosa alambicada, de laboratorio, que, por lo tanto, no evoca la realidad  a la que se refiere. La prosa narrativa debe tender a la descripción, podríamos decir, fenomenológica, y a la representación, sin volverse sobre sí misma desatendiendo la realidad que debe conformar en la cámara oscura que, durante el tiempo de la lectura, es la mente del lector.

 

Pág. 136.- Informe sobre las costumbres de los piratas ingleses y holandeses. Y más citas de versos de don Luis de Góngora, Cristóbal de Virués y  Lope de Vega…el Fénix de los Ingenios, añade, erudito.

 

Pág. 137.- Aquí nos larga todo cuanto ha aprendido sobre los piratas, que es bastante más de lo que, leyendo la página anterior, supusimos.

 

Págs. 137-138.- Si el lector es curioso y aplicado, aquí puede enterarse de lo que es un pirata y qué un corsario. Pérez no solamente los define, sino que los distingue y los describe, señalando sus rasgos morales, sociales y administrativos.

 

Pág. 138.- Pérez nos hace ver que no es lo mismo cortar cabezas, saquear, ahorcar o empalar al prójimo por las malas, que si lo hace con bula de su majestad católica.

 

Id.- Información documentada de los corsarios españoles –ora soldados, ora particulares- y sobre ilustres personajes como el duque de Osuna y el conde-duque de Olivares. 

 

Pág. 139.- Nueva lección de geografía, pero tan esotérica, que no nos enteramos de dónde está, por ejemplo, la isla de Lampedusa, ya que se nos señala que está “quince o dieciséis leguas hacia poniente cuarta a jaloque de Malta”. Eso ¿es parriba o pabajo, Pérez? Y menos mal que nos aclaras que seguisteis el camino “mochos y a boga reposada […] para caerle a la saetía cosaria sin que se nos fuera de las manos”.  Continúa la lección de geografía, ahora por parte del piloto.

 

Pág. 140.- La lección se remata con una cita en verso de Lope de Vega. Este Pérez es un erudito. Novelista no lo es. 

 

Pág. 141.- Desentendido de las aventuras  que sus partidarios  dicen encontrar en sus plastas, Pérez se empeña una vez más en hacernos ver cuán puesto está  en terminología marineril.

 

Se impone un comentario: quien escribe una y otra vez, en una novela, cosas como ésa de “hacia poniente cuarta al jaloque” para jactarse de conocer los  tecnicismos, a costa de no enterar  al lector “de lo que realmente pasa” no es persona inteligente, es más bien dueño de una mente infantil, esto es, inmadura. Quien haga una lectura psicológica de esta u otra falsa novela de Pérez Reverte se dará cuenta pronto de que la ha escrito con el mismo espíritu con que hubiese jugado a la guerra con soldaditos de plomo. Aquellos que quieren justificar su injustificable ingreso en la Real Academia suelen aducir como mérito su prosa. Aparte de que la tal prosa no es sino un pastiche arcaizante, no es de la prosa, señores académicos, de donde brotan los valores estéticos de una narración novelística, sino de su composición, de la justa distribución y  empleo de los elementos novelísticos –descripciones, diálogos, ambiente, alusiones y elusiones, tiempo y tempo, monólogo interior, etc.-, en una palabra, de la forma justa y precisa de presentación de la realidad ante el lector.

 

Pág. 141.- Los que manejan el escandallo, que yo no sé lo que es, ponen a la gente en tierra “a calzón enjuto”… ¿Enjutos? ¿Por contraposición a  calzonazos? ¿A taparrabos? ¿A qué?

 

Id.- Tan alejado se muestra el autor de la narración, que, en lugar de decir “lo que pasa”, se pone a decir “lo que va a pasar”.

 

Pág. 142.- Esto ya es demasiado, señor corsario, que parece usted un cosario de noticias sin el menor interés. Venga proyectos, venga descripciones de armas y vestimentas, venga palabros sólo inteligibles por los que saben nadar…Pero nada de esas “aventuras” que han hecho famoso a Pérez entre sus incondicionales los Ussía, Belmonte, Conte, Pozuelo, García Posada, Echevarría, Goñi y otros celtíberos de segunda generación. Siempre he estado dispuesto a admitir la novela de entretenimiento, aunque fuera de la Academia y del Parnaso, pero ésta es aburrida como una reunión en la cumbre de opinadores radiofónicos matinales. 

 

Pág. 143.- Toda esta página, entre saetías, corullas, bogando a  la sorda, ciabogas, dar barreno, feluca, ración de gambas, punta de levante, despalmando, artillar bayatolas, paveses y pedreros, filaretes, meter caña a una banda, a la sorda, barajar la isla, está ocupada por el relato de lo que se proponen hacer. No entiendo la actitud de los antes nombrados, desde el punto de vista de la crítica literaria. ¿Estarán a sueldo del sistema o de la industria cultural? Si han leído a Salgari, a Stevenson, a Julio Verne, tendrían que admitir que todo el marketing con que se ha favorecido a Reverte es una marranada.

 

Pág. 144.- ¿Se propone Pérez darnos, por fin, una sorpresa? A la vista de Alatriste aparece un conejo. No. De lo que nos informa es –escarcela mediante- del reuma del capitán.

 

Pág. 145.- Más de lo mismo tirando a peor. Descripción del barco. Yo sólo me entero de lo referente a la saetía, la entena, las alpargatas y el calafate.

 

Págs. 146 y ss.- Descripción, minuciosa y aburrida, del puerto y naves que lo ocupan.

 

Pág. 147.- Hablar de que el capitán –que tuerce el mostacho, al contrario que el alférez, que encoge los hombros- se había encontrado con una mala papeleta es otro anacronismo. Adivine el lector: Si el alférez Muela mete “la mano en la escarcela” ¿Dónde la ha metido? 

 

Pág. 148, 149, 150.- Minuciosa y aburrida descripción de un pequeño fregado –cómo aprietan el gatillo, qué clase de gorro llevan, donde se guarecen- con un grupo de ingleses… Ningún argumento tiene este libro y apenas trama. No es una novela, es una especie de documental de espesor vacuno y lanar. ¿Esto es aventura para usted, señor Ussía? ¿Es esto entretenido, don Darío Villanueva? Parecen los pliegos de un examen en la  Escuela Naval.

 

Pág. 150.- Todavía alcanzamos a enterarnos, en esta página, de cómo se rema.

 

Pág. 152.- Continúa la recreación de unos lances, contados según los libros consultados por Pérez, que no forma forzosamente parte de una novela.

 

Id.- Y ahora  –se le acabará de ocurrir al narrador- nos enteramos de que el barco llevaba, como pasajeros, a cuatro caballeros de Malta.

 

Págs. 153 y ss.- Descripción de un buen abordaje, aclarada por la mención de nuestros familiares cogullas, arrumbadas, zaínas, gallofas, saetías, bocanas, merengues, felucas, humillos, enfiladas, gúmenas, moyanas, pedreros, zurreadas, chascadas, obenques, enclavijadas, ciabogas, esgüazo, cecinas, galimas, letuarios,  etc., etc. 

 

Id.- No creo que “camarada” sea palabra de estotros y aquestotros tiempos. Don Francisco Rico piensa como yo. Lo cual reconozco que no es precisamente una garantía.

 

Pág. 154.- Hace acto de presencia el patriotismo testicular de Pérez: la infantería española es temible en un abordaje, aunque sus miembros no sepan leer. Especialmente si se anuncia por el grito de: “¡Santiago, España, cierra, cierra!”… El autor sabe  muy bien que esto ocurría, lo ha leído en libros solventes y nos lo cuenta. Pero que no se engañe a sí mismo con ayuda de sus leales. Esto es un resumen de sus lecturas, pero no es, insisto, una novela, como revela también el hecho de que no contenga personajes. Hay nombres de sujetos pertenecientes a una historia fingida, la que se nos cuenta, mas  no insertos en modo alguno en un segundo mundo, como debe ser en una narración novelesca. Al igual que su autor, los portadores de esos nombres no piensan. Tampoco sabemos por qué actúan  como actúan. Sus actos no forman parte de un todo secuencial. Como mucho, recrean el fregado que han tenido o calculan como será el siguiente.

 

Pág. 157.- La comparación pereztre de un marino inglés con uno español enardecerá sin duda a la extrema derecha leyente.

 

Pág. 158.- Minucioso relato, sin el menor interés, sin el más mínimo sentido de la aventura y, menos aún, de lo novelesco, de otro abordaje llevado a cabo por los que liberan. Con la correspondiente ración de palabros, claro. Otra cosa de la que nos da cumplida cuenta, cada dos por tres, Reverte, aunque no lo hayamos señalado hasta ahora, es la meteorología. Se ve que también se ha impuesto en marejeadas, marejadillas, mar gruesa, vientos de levante, vientos de poniente, lluvias abrileñas y ventolinas mediterráneas.

 

Pág. 159.- Lección sobre las patentes de corso y otros documentos. Apasionante. Pero se olvida de decir al lector expectante qué es un ojo plático. Termina el capítulo con la amenaza de que, en el siguiente, tendremos moro Gurriato para rato. Compare el leyendo esta plasta celtíbera con cualquier novela de Salgari  o de Stevenson y deducirá que esto no es una novela de aventuras. Que ni siquiera es una novela.

 

Capítulo VI

 

 

 

Pág. 161.- Sigue el documental: Pérez nos cuenta con detalle que los corsarios de Malta hacen cosas propias de corsarios, como era de esperar. Según decíamos, no sigue un argumento, sino que habla ora del alquiler que cobra Carlos V a los caballeros de San Juan de Jerusalén por la isla, ora del pirata de pata de palo, Barbarroja, que Pérez nos recuerda una vez más que se llamaba Jaradín.

 

Págs.161-162.- Ahora cuenta, inflado de patriótico orgullo, que “somos la nación católica más poderosa del mundo”. ¡Por favor, señores Belmonte, Villanueva, Posada, Conte, Rico, etc. ¿esto lo consideran ustedes una novela?

 

Págs. 162-163.- Cuando el narrador se encuentra ante determinado escenario, ello le hace recordar lo que pasó allí, aunque sea hace más de setenta años. Y va y lo cuenta. Sin olvidarse de las consiguientes lecciones de historia, geografía, meteorología, economía, navegación, etc.

 

Pág. 163.- Minuciosa descripción de La Valetta le jour y La Valetta la nuit.

 

Pág.. 164-165.- Minucioso relato de un antiguo ataque de los turcos a La Valeta. Evidentemente, Pérez es de los que están en la falsa idea de que novelar consiste simplemente en ponerse a contar cosas. Para que un relato sea novela se requieren otros ingredientes que él no tiene nunca en cuenta y que seguramente desconoce.

 

Págs. 165-166.- Y ahora, como otras veces, los comentarios del narrador a lo narrado por otro. Quien a su vez ha narrado lo que Pérez ha leído. 

 

Pág. 167.- Pasean, también como otras veces, y el somnoliento lector tiene que soportar nuevas descripciones y evocaciones, si bien en ésta echa de menos el parte meteorológico, sustituido en esta ocasión por el menú de una taberna, a donde van a “remojar la gorja” y a  “masticar algo cristiano”. Lo mismo se zamparon  un reclinatorio.

 

Pág. 168.- Ahora nos entera Pérez  de lo que ha aprendido acerca del lenguaje y costumbres de los nativos. Sobre todo de las mujeres.

 

Pág. 169.- Informe sobre las relaciones de los españoles con los venecianos. Añade una breve lección sobre el peinado de unos y de otros. Interesantísimo. No he de decir que, como de costumbre, nadie dice nada sin pasarse los dedos por el bigote, encogerse de hombros, arrugar la nariz o adelantar el mentón.

 

Págs. 170-171.- Reyerta callejera entre españoles y venecianos por un quítame allá esas reliquias de San Pablo. Aunque los españoles son tres y seis los venecianos, los primeros salen vencedores, como no podía ser menos, siendo un tan grande patriota como Pérez el cronista.

 

Pág. 171.- Reaparece el moro Gurriato para echar una mano a los tres mosqueteros.

 

Pág. 172.- Nos entera Pérez de lo que es costumbre marineril en caso de reyerta. Y allí fue Troya, sentencia nuestro héroe. Todo el relato de la pelea entre –ya- cien venecianos y cien españoles es un ejemplo insuperable de lo que no es prosa novelesca.

 

Pág. 174.- Larga cita de un cronista, para acentuar el carácter antinovelesco de la narración.

 

Pág.- 175:- Con una simulada bronca del capitán a los héroes, tan mal novelada o nada novelada como lo anterior, llegamos a la mitad de esta “novela de aventuras”, con menos acción que el Código Civil. Y así liquidamos la primera mitad del insulso relato. Me pregunto si merece la pena seguir soportando la retahíla de nombres propios y términos inusuales con que pretende lucirse el inciensado pedante. 

 

 

ARTURO PÉREZ REVERTE SEGÚN MUCHACHADA NUI 

 


 
 
 
FIN DE LA PRIMERA PARTE

 

 

*Si quiere continuar leyendo esta crítica acompasada puede descargarla en formato pdf aqui. 

 


 
VÍDEOS ASOCIADOS DE NCI 

 
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Edición especial del libro de Capitán Alatriste

 

 

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